Monday, February 20, 2012

Demografía


Damaris Puñales Alpízar me honró para mi cumpleaños con una invitación para ir a escuchar a la Cleveland Orchestra, si no una de las mejores del mundo, por lo menos una de las más requeridas. Imposible mejor, ya que cuentan con la dirección de Franz Welser-Möst y el programa, que incluía el Concerto para Violín de Brahms, entre otros, se veía apetitoso. Severance Hall, la sala donde toca la orquesta, es un edificio de 1931 encomendado por John Wilkins Severance, uno de los multimillonarios que habitaban esta ciudad y cuya filantropía (permítanme la palabra, aun cuando se trate de un multimillonario) dotó al noreste de Ohio de un recinto donde se mezcla la arquitectura de vanguardia, el Egyptian Revival y el Art Noveau, para concretar un edificio que a todas luces es una joya de la arquitectura norteamericana. No sé si dije también que Cleveland es una ciudad donde la población afroamericana es alrededor del 51-53%, según diversas fuentes. Hasta ahí todo bien. La velada pasó sin mayores sobresaltos, pero con la evidente sensación de que la orquesta estaba a la altura del repertorio y éste a la del edificio. En el intermedio fuimos a tomarnos un café y a mezclarnos con el resto del público, a entretener la vista con la cabinas telefónicas que parecían indispensables allá por la tercera década del siglo XX y con los visos de esa arquitectura que -hace ochenta años- gozó de su minuto vanguardista. Tal vez no haya sido casual que Brahms estuviera entre los elegidos de esa noche, él que a los ojos de Wagner y de Liszt no era sino una rémora del clasicismo, alguien que no había sabido interpretar su siglo.

Una vez finalizada la interpretación, no pudimos dejar de notar que, debido a nuestra presencia, el promedio de edad de la concurrencia bajaría a unos 65 años. Bastones, muletas, audífonos y muchas canas abundaban entre los asistentes. Esta es una observación meramente anecdótica, que nos llevó a la siguiente: todos eran blancos. Lo que también podría ser meramente anecdótico, pero si lo comparamos con el dato de la composición racial de la ciudad, apuntado algunas líneas más arriba, ya no es tan simple el tema. No había un solo afroamericano en toda la sala. Ninguno.

La discriminación racial, que siempre es discriminación económica, en Cleveland es groseramente notoria, probablemente, aunque no me atrevería a hacer una afirmación de tan grueso calibre, mucho más notoria que en otras ciudades del Rust Belt, ese conjunto de ciudades americanas cuyas economías se basaban en el trabajo con materias primas -fundamentalmente acero- que a partir de la década del '80 han visto decaer tanto su población como su solvencia, producto del desplazamiento de las grandes industrias ya sea al sur del país o al exterior, en ambos casos gracias a la mano de obra más barata de esas zonas y el desarrollo de tecnologías que convirtieron a un buen número de obreros en "prescindibles". Entre estas ciudades que vieron su esplendor con las grandes obras de ingeniería del siglo XX, se cuentan Buffalo, Detroit, Youngstown, Pittsburgh, St. Louis, Gary, Cincinatti y, por supuesto, Cleveland.

Basta con darse una vuelta por algunos lugares, llamémoslos así, emblemáticos. Ir, por ejemplo, a CostCo, Wal-Mart, incluso en Target. La distribución racial, en estos casos, es inversamente proporcional. Pocos, muy pocos blancos. Y los que se ven pertenecen a esa raza orgullosa, republicana y patriótica como son los White Trash, o Trailer Trash, variantes de nuestros tan queridos Rednecks, parte inextricable del paisaje del Medioeste, incluso de un Medioeste semi-industrial como es o fue Cleveland.

Exagero, por supuesto, pero tampoco es una fotografía tan alejada de la realidad. Quien haya visto Winter's Bone ("Lazos de sangre") puede traducir esa realidad de meta-anfetaminas, abandono y pobreza, a un ambiente urbano para saber de lo que estoy hablando. El panorama en Walmart suele ser impresionante: esa gordura sin retorno de las negras, por ejemplo, acompañada de hombres, jóvenes o adultos, con una media en la cabeza como distintivo y los pantalones por supuesto mucho más abajo de la cintura, bordeando ojalá la rodilla, en un estudiado intento por reproducir el gangsta look. A veces, no pocas, si un afroamericano no sigue esta norma, si deja de lado el atuendo medio rapero y se le ocurre, por ejemplo, usar una camisa, para qué hablar de una chaqueta, se le acusará de estar acting white: cuando los muchachos negros de la secundaria deciden sobresalir en sus notas, reciben, ocasionalmente de sus mismos compañeros de raza, la misma acusación. Pasarse al otro lado, jugar con las reglas del sistema. Para quienes esgrimen este argumento, el ghetto, la pobreza y la autoexclusión es la triste y mal entendida herencia de Malcolm X y la nación musulmana, cuando la única solución que, para algunos, parecía posible, era simplemente tener dos naciones bajo un mismo estado. La segregación como forma de lucha. Eso para no hablar del racismo proveniente del sistema, ese racismo heredado que habla de un glass ceiling, ese techo invisible que nos indica que estadísticamente la población de raza negra es más que la de origen europeo, o por ejemplo, que las cárceles están pobladas de afromericanos en una proporción enormemente dispar respecto de sus pares blancos.



No he querido, en ningún caso, caricaturizar a una de las minorías históricamente más explotadas de EE.UU. Sólo hacer una radiografía de la realidad con la que me topo a diario. Hace poco fuimos a otro concierto, esta vez del mismísimo Chucho Valdés, en el auditorio del Museo de Arte Contemporáneo de Cleveland. Una doctora cubana, amiga de Puñales-Alpízar, era la única persona que esa noche compartía el componente racial del afamado pianista isleño.

Thursday, December 15, 2011

Tercera parte más la Sudamericana


Acaba de salir campeón la U, haciendo un torneo que ya se lo quisiera cualquiera. De la misma importancia, por lo menos, que el '91 con la Libertadores, dicho sea de paso. Será difícil retener a Vargas, Aránguiz y Matías Rodríguez, entre otros, pero ojalá se pueda hacer el esfuerzo. Escribo esto mientras no me canso de celebrar solo en Cleveland, donde nadie entiende que salga afuera con cero grados llevando una polera que dice Salas, U y 11. Qué más dá. Escribo esto, también, mientras mis queridísimos Manuel Gutiérrez Liebana y el incomparable Pedro Montealegre se aprontan a volver a Chile. Fiestas y matrimonios los esperan. Si estuviera en Chile les ofrecería mi casa como ellos nos ofrecieron la suya:

después de abandonar nuestro feudo en Cáceres, salimos manejando en nuestro tocomocho arrendado y económico rumbo a Valencia, pasando por Castilla y las afueras de Madrid, que la vimos desde la carretera. Cruzamos España de palmo a palmo en siete horas, con una sola parada a tomar café. José Donoso recomienda (y yo le creo a José Donoso, diga lo que diga Bolaño) que no hable de arbustos sino del pitosporo. No existen, según él, las enredaderas. Lo que valen son las buganvilias, la pluma, las clemátides. Yo quisiera describir España como lo hacía Donoso, pero este cronista sufre de los mismos síntomas que que el hablante de un poema del Chico Figueroa, el gran Héctor para los amigos:

¡MEA CULPA, MEA CULPA, MEA GRAVÍSIMA CULPA!

Todavía no poeta, no soy poeta; no hay poeta, pues de
eso no se sabe. Hasta ahora, pues, sólo sobrevivimos.

Macedonio Fernández

Reconocer no sé el canto de los pajaritos,
el aleteo en el cielo de una alondra o un zorzal.

Como un balde sin niño (que abandonado con su respectiva pala
yace a orillas de una playa anochecida y lunar)
quisiera concentrarme en un árbol, describirlo.

Se critica la falta de sensualidad del hablante en mis poemas.
Dicen que faltan bosques, plantas y flores
y mejor ni hablar del carísimo tema del amor.

No sé la diferencia que existe entre una cala o un gladiolo,
entre un nomeolvides y un ciprés, entre un boldo o un jazmín, etc, etc.
Las reconozco sólo como nombres, palabras que aparecen en poemas o novelas,
ecos, significantes sin imagen para mi ojo inmaduro. Por sobre todo
abunda la palabra seto en muchas novelas que he leído, ej:
"El señor Bloom avanzó junto a un seto sin ser observado...".
Falto de R.A.E o Moliner-diccionarios que sencillamente no tengo-
y pobre de idiolecto, hasta el día de hoy
siempre imaginé que el seto era una planta
sin saber que en realidad es un cercado hecho de palos o varas entretejidas.

Helecho es que pareciera que no sé describir otra cosa que no sea mi ombligo;
como si el centro del universo partiera de mi barriga cervecera
maréome con el canto etílico del yo-yo.
Lo peor de todo: tampoco sé contar chistes.

................. Definitivamente, poco dado a la voluptuosidad
este hablante no describe sublimaciones interiores;
falto de trino, cojo de espíritu, sin fantasía
tampoco mitiga la miseria humana
transportándola momentáneamente hacia otro lugar.


Adolezco de las mismas culpas que la voz de este poema, aunque él resuelva el tema con maestría y haga de la carencia su virtud. Sin embargo esos paisajes manchegos llenos de molinos de viento y su referencia quijotesca de rigor, estaban ahí, eran ineludibles como antes habíamos pasado por Despeñaperros y la buena educación indicaba sacar las fotos que sacamos, como al llegar a Valencia era imposible no pasearse por el Palau de les Arts Reina Sofía, ese edificio ideado por Santiago Calatrava, que dicho sea de paso, le costó millones de millones de dólares al Ayuntamiento y que todavía tienen que pagar.


Aunque nuestro destino no era Valencia sino Manises, ese pueblo a cinco minutos de la gran urbe que está unido a ella y sin embargo pareciera mantenerse aparte. En ese matrimonio a medias que sobrelleva con Valencia, Manises ha sabido guardar, aunque no sabemos hasta cuando, un sabor local emparentado con las fábricas de cerámicas y el uso que hacen o hicieron de ellas en la construcción de las casas del pueblo. Desperdigadas por este municipio que a veces parece un barrio más de Valencia (y a veces no), se ven aquí y allá hogares que tienen sus umbrales exornados por esas baldosas que parecieran únicas de Manises.


Es una delicia caminar por sus callejuelas y toparse con estos portales. Y por si esta foto no fuera suficiente, tal vez la exagerada belleza de la siguiente sea la prueba fehaciente de la veracidad de mis argumentos:


Si es cierto que España recibe al viajero con toda la prepotencia patrimonial de su tradición, también es cierto que uno tiene la oportunidad de leerla como uno quiera, de aceptar esto y estotro y dejarse llevar por los matices y la heterodoxia de esa España con el corazón partío (perdón, perdón): la que ha sido peregrina, pobre, anticlerical y democrática. En Chile, o por lo menos en el Chile de mi infancia, español era sinónimo de bruto y/o panadero, por lo general los dos juntos. Esto que no pasa de ser uno de esos prejuicios con los que uno tiene que cargar de por vida, tal vez sea lo que más rápido se desmiente cuando uno se saca la venda de los ojos y se atreve a mirar de nuevo por primera vez. Así fue, entonces, como Pedro Montealegre y Manuel Gutiérrez Liébana, Manu y Pedro de ahora en adelante, nos enseñaron a mirar este territorio original para nosotros. El que está y el que no está en las guías turísticas, al que uno va con los amigos, con los amantes, con todo el mundo. Pasamos de la Librería Primado a zonas típicas, del Mercado de la ciudad a tomar agua de Valencia, su horchata y todo lo que se pudiera, leímos con Rocío Cerón y caminamos por todas partes, conocimos a Arturo Borra y Víktor Gómez y Laura Giordani y Miguel Morata: la felicidad como si fuera posible. No es sólo por buena crianza, pero confieso que se disfrutaba más de la compañía que de las bebidas. No por los bebestibles en sí, sino porque España fue de principio a fin un regalo inmerecido, pese a que ninguno de los presentes pudiera ni quisiera ignorar la crisis actual que tiene sumida a la península en las garras de las mediciones de riesgo y la dictadura del euro. Pocos anfitriones, sin embargo, tan generosos y dedicados: así que Manu, Pedro, desde aquí y en público paso a darles las gracias como si fuera una deuda que guardamos con ustedes. Que lo es. Les debemos, cuando menos, dos cosas : Valencia y el cariño (recuerden que el Che no rehuía la ternura). En la foto que abre este post, la guapa del medio es doña Damaris, con un vestido "extraviado" en Cuba. Por último, valga decir que toda esta España fue posible gracias a Yolanda Alpízar Acosta y Mary Olivares, madres, abuelas, suegras e incomparables.

Monday, September 12, 2011

JLM: ahora y siempre


El nombre de este blog está sacado de esa sección de La nueva novela, llamada, precisamente, Epígrafe para un libro condenado. Cuando Charles Baudelaire enfrentó juicios por obscenidad al publicar Las flores del mal, algunas secciones de ese libro tuvieron que sacarse. En subsecuentes ediciones, Baudelaire incluyó un epígrafe para ese "libro condenado", esa parte censurada de su texto.

Cuento todo esto porque hoy cerré mi primer semestre aquí en Case (Case Western Reserve University), donde llegué gracias a ese mérito inherente a mi persona como es estar casado con Damaris Puñales Alpízar, a quien contrataron hacen un año aquí como Assistant Professor of Caribbean Studies. Al igual que cualquier otra universidad privada que se precie, Case tiene una política de Spousal Hiring, id est, de contratar (también) a la pareja de aquellos académicos que ellos contratan por sus méritos profesionales, con el fin de que éstos no tengan preocupaciones familiares ni estén distanciados sus más cercanos (uso la paradoja sólo para subrayar un fenómeno muy común en EE.UU., pero especialmente frecuente para los de esta profesión): mutatis mutandis, gracias a mi colega Puñales pude salir de mi exilio southdakotiano que me tenía al borde de Hemingway, o sea del escopetazo en una habitación perdida en las praderas.

Pero no es tanto de Case como de los alumnos de Case de lo que quería hablar. Con las excepciones que no hacen sino confirmar la regla, aquí he visto gente extremadamente motivada y dedicada, no sólo porque tienen detrás familias que quieren resultados de lo que han invertido, sino también por alumnos que saben que su competencia son alumnos de otras universidades del top 40 que también se juegan puestos de importancia y de poder, para no hablar de aquellos que salen de la Ivy League y juegan en un círculo endogámico que está permanentemente retroalimentándose y donde pareciera muy difícil entrar.

Hoy, dentro de esa competitividad y de esa pelea por una nota que habría que ser ciego para no darse cuenta de ella, me pasó que, cerrando mis dos clases con la poesía de Juan Luis Martínez, se produjo uno de esos momentos por los que vale la pena (sí, creo que vale la pena) hacer clases e ir por la vida de profe. Al principio, luego de haber tenido tres o cuatro clases en que habíamos leído desde Pepe Cuevas a Yuri Pérez, pasando por Zurita, Anteparaíso y Zurita, les pasé y les dejé hojear libremente La Nueva Novela y La Poesía Chilena. Las caras de sorpresa y de ahora sí que terminó de pelar el cable el profe señalaban con certeza que había tocado una fibra. Semanas atrás, cuando leímos y comparamos poemas de Cucurto y Sergio Raimondi, más de alguno manifestó su aversión por la poesía. No fue fácil abrirnos paso por entre el coloquialismo de Cucurto y la objetividad y el control remoto de Raimondi, entre el fervor popular y peronista del primero y la racionalidad económica del segundo. Pero tampoco nos había sido fácil ver la Lucía de Humberto Solás ni Tire dié de Fernando Birri.


Pero hicimos un esfuerzo conjunto. La lucha que algunos de mis estudiantes mantienen con el español se veía al mismo tiempo morigerada y aumentada por los desafíos que plantea todo texto poético, especialmente para aquellos que ni siquiera en su lengua materna están acostumbrados a leer poesía. Cuando nos tocó leer a Martínez, la experiencia fue ligeramente distinta. Las reacciones iniciales, las más de piel. Si con Zurita se sorprendieron al saber de dónde venía la portada de Purgatorio y tuvieron que aprender historia y geografía santiaguina para acercarse a la Introducción a Santiago de Pepe Cuevas, con La Nueva Novela de inmediato empezaron a reírse, a preguntarse por dónde iba la cosa y por qué a mí se me había ocurrido traer "eso" a la clase. Pero "eso" les llamaba indudablemente la atención a ese grupo de estudiantes provenientes de ingeniería, biología, sicología y otras carreras que no tienen necesariamente que ver con Letras. Pero reconocías parrianamente la poesía y/o la curiosidad en la Aplicación del principio de incertidumbre a un proyecto poético, la obra póstuma de Martínez que tuvimos la oportunidad de revisar, aun cuando someramente, en clase. Martínez y su hipercubo, Martínez y el I Ching, Heisenberg y la incerteza del conocimiento, Rimbaud y la modernidad, el libro en el libro y la Muerte del Autor. Un violín cruzado por la neutralidad. Y un arco que no emite ningún sonido. La partitura de Martínez presenta muchas más preguntas que respuestas, pero los que estábamos en esa sala de clases tuvimos por lo menos la chance de aproximarnos a ese mundo que todavía nos queda por descubrir. La posibilidad de esa mezcla sin restricciones, sin pedirle permiso a nadie, creo que fue una de las líneas que más llamó la atención. La poesía metiéndose en los terrenos de la cuántica con toda propiedad, la física vista desde la poética fue, por cierto, algo que no pasó sin ser notado con obsesiva atención por algunos de mis alumnos que provienen de las Ciencias Cognitivas, una de las áreas donde Case brilla con colores propios.

No voy a decir que se trató de mi versión particular de La sociedad de los poetas muertos. Y si alguno de mis alumnos se dedica alguna vez a escribir poesía, no creo que tenga nada que ver conmigo ni yo albergue ninguna responsabilidad en el hecho. Pero sí estimo necesario abrir el compás de cómo se enseña la poesía y la literatura latinoamericana en general. No sólo como un epifenómeno de ese mundo extraño y colorinche que para muchos de mis colegas parece ser América Latina, sino como obras con estatuto y derecho propio, obras que se niegan, por su propia independencia, a ser entendidas sólo como ejemplos culturales. Y sí (cito a Idelber Avelar en este caso) en su intempestividad, en su desborde, en su especificidad que nunca ha sido aislamiento.

Saturday, September 10, 2011

Segunda parte del viaje a España







Pero todavía nos faltaba una parte que no estaba en nuestros mapas, una zona diría desconocida. De Sevilla hacia el norte, luego de un par de horas en una carretera custodiada por la belleza de los girasoles y esa luz del día que nos acompañó durante todo el viaje, llegamos hasta la ciudad de Cáceres, de la que no sabíamos sino que era patrimonio de la Humanidad y que ahí vivía José María Cumbreño Espada, fiel corresponsal desde la península. Entramos y, por supuesto, nos perdimos. En un principio Cáceres nos pareció una ciudad como cualquier otra, con el paseo de Cánovas flanqueado a mabos lados por una frondosa vegetación y recorrido por lo que parecían los últimos combatientes de la Guerra Civil y los consabidos padres paseando a sus niños en bicicleta. Pero luego pasó a recogernos José María, de ahora en adelante Chema, y su esposa y amiga y compañera, María José Garrido, en lo que sigue Chose. Venían acompañados de manu e Irene, sus dos hijos que de ahí en adelante se nos unirían a nuestros paseos por la ciudad y sus alrededores. Creo que ya dije que Cáceres me parece la ciudad más hermosa que he conocido en mi vida, pero por si no lo he dicho, aquí va: Cáceres me parece la ciudad más hermosa que he conocido. Por la generosidad de mi familia y otros azares de la vida, he tenido la fortuna de conocer otros lugares que pueden sonar más rimbombantes, o que por lo menos resultan más favorecidos en cualquier catálogo turístico. O tal vez no sea la más hermosa, tal vez debiera ponerlo así: es, junto a Santiago, Cleveland y Iowa City, la que más quiero. Eso sí, ahí queda mejor. El afecto viene de haber tenido la oportunidad de conocer una de las pocas ciudades, tal vez la única, pero de eso no puedo dar fe absoluta, cuyo casco histórico, con edificaciones que datan de los siglos XV y XVI, se mantiene en su totalidad en perfecto estado, a diferencia de otras ciudades, aun cuando imponentes, como Roma, donde las ruinas (bastante más antiguas, muchas de ellas) están desperdigadas por el entorno de la ciudad. Pero no se trata sólo de una imaginación patrimonial, no sólo es una admiración por el pasado.
Cáceres fue también una experiencia culinaria, la oportunidad de aprender a comer un poquito mejor de lo que un cavernícola acostumbrado a las papas fritas, como este servidor, conocía hasta ese entonces. Describir lo que pasó delante de mis ojos y se perdió por nuestra boca es tarea para plumas más avezadas y paladares refinados. Yo sólo puedo enumerar esos platos y esos productos que me dejaron (aquí es explícita la comparación) con la boca abierta. El "Secreto ibérico", por dar sólo una constancia, que si lo quisiéramos equiparar al jamón vulgar y silvestre que uno conoce, sería más o menos como hacer la equivalencia entre Ronaldo (Ronaldo Luis Nazario da Lima) y Manolito Neira, es básicamente carne de cerdo, un cerdo silvestre y alimentado sólo con bellotas, que puede ser preparado en una y mil recetas, pero que siempre tendrá esa textura única del animal criado con cuidado y tiempo, con dedicación y esmero.
Pero si estamos hablando de platos únicos, no puedo dejar de nombrar al que me pareció el mejor de todos, el que de lejos es el que seguré recordando durante años. Setas con salsa a la romana, una exquisitez que incluso el paladar de este cavernícola supo apreciar. Como confieso que mi conocimiento de los intríngulis de los ingredientes y las recetas es nulo, sólo puedo agregar que fue un momento glorioso e impagable. Tal cual.
Si hubiera que agregarle algo, si hubiera que ponerle una guinda a la torta, sería nuestro recorrido por el museo de Vostell, de donde están tomadas las dos fotografías que se ven arriba. Ubicado en Malparida de Cáceres, el museo alberga obras del alemán Wolf Vostell (1932-1998), esa pieza fundamental del movimiento Fluxus y el Neo-Dadá. El anti-arte o como sea que se le llame a lo que hace Vostell (los discursos y las etiquetas me asquean, pero tengo que seguir hablando), incluye a la entrada de su museo un auto con patas de araña (id est, ocho brazos mecánicos) lavando permanente unos platos de loza blanca ("
Fiebre del automóvil", 1973). El auto parece sacado de una película de los setenta. Más allá hay otro auto de los setenta (que en alguna época, probablemente los setenta, fue un último modelo y un símbolo de status) hundido entre ladrillos y, justo al lado, un televisor donde se nos muestra el video del "apedreo" o enladrillado del coche en algún momento de 1982, por obra de los ayudantes de Vostell: al fondo, una pared tapizada (sic) con motos -el mismo modelo que usara la policía franquista- titulada El fin de Parzival; este tapiz, pensado original y literalmente por Salvador Dalí, en 1929, como el fin de Parsifal, la ópera wagneriana, fue llevado finalmente a cabo por Vostell en 1988, en estrecha colaboración con el catalán. Para dar una idea un poco más cercana a lo que uno ve cuando entra a este museo, hay que tener en cuenta que este último se ubica en lo que antaño fue un lavadero de lana, centro de la actividad económica de la zona en los siglos XVIII y XIX; allí se esquilaba, trataba y pesaba la lana. Ubicado en Los Berruecos, donde las rocas graníticas que están allí desde quién sabe cuándo se contrastan con el agua de una presa rica en flora y fauna (las cigüeñas que anidan sobre la instalación de Vostell son parte de esa colaboración que buscaba el alemán). La sala de pesaje, que es ahora por donde se ingresa al museo y donde se ubican las obras de Vostell, no goza de mucha luz. El ambiente sombrío calza a la perfección con el ánimo "destructivo" de muchas de las instalaciones de Vostell. Sin embargo al fondo de la sala hay una puerta. Una pequeña puerta de madera, que hay que agacharse para cruzarla. Al salir, se sale a esto:



El impacto de esa luz es inolvidable.

Pero nada de esto lo habríamos descubierto de no ser por nuestros guías turísticos, devenidos amigos porque no hay otra manera de llamarlos. Los mencionados Chema y Chose, aunque la cosa parezca trabalenguas, se la jugaron al cien por ciento por darnos a conocer este territorio que de otro modo para nosotros aun sería una incógnita. Me quedo corto al describir la calidez y la generosidad de esta familia, para quienes va mi abrazo desde ya. Con Chema hay que sacarse el sombrero: aquellos que estén en Facebook o que naveguen por las páginas de los blogs literarios de España, ya habrán tenido noticia no sólo de los alcances de su poesía, sino de su incansable labor de difusión, ahora desde un proyecto editorial propio como son las Ediciones Liliputienses: se trata de ediciones de tiraje limitado (cincuenta ejemplares) de poesía hispanoamericana, donde cada una de las copias del libro es diferente a la otra (y por lo tanto no debería ni llamarlas copias), cuidadas antes que editadas por José María. Luis Antonio Guichard, Martín Gambarotta, Rocío Cerón y Gladys González son sólo algunos de los nombres que integran sus catálogo. Vale la pena tener estos libros en cuenta. La ganancia es segura. Sólo terminaré explicando que la primera fotografía a la izquierda, una de las que abre este post, es el título de la fotografía que la acompaña arriba, a la derecha. Una de esas esculturas de Vostell (quien dijo alguna vez que las moscas son una obra de arte), donde las cigüeñas no han resistido su deseo de cooperar, lo cual explica seguramente sus palabras.

Saturday, July 02, 2011

Viaje a España, primera parte




Todas las fotografías de esta entrada fueron tomadas por el ojo avizaor de Damaris Puñales-Alpízar, sin quien este viaje no hubiera sido posible. No hay coincidencias, por lo tanto, aunque algunas lo parezcan. Venimos llegando de un viaje por España e Italia, que en el primer país nos llevó a Damaris y a mí por Toledo, Granada, la incomparable Torremolinos, Frigiliana, Sevilla, Cáceres y, finalmente, Manises-Valencia. Estando en una de nuestras primeras estaciones, i.e. Granada, la ciudad de Ana Fuentes Prior y el Albaicín, del turismo lorquiano y la Alhambra, supimos de la muerte de Jorge Semprún, el autor de, entre muchos otros libros, La escritura o la vida, Autobiografía de Federico Sánchez y La segunda muerte de Ramón Mercader.

En principio, la excusa para nuestro viaje era comparecer en una conferencia en torno al estado actual de las Humanidades, a llevarse a cabo en la Universidad de Granada, pero donde el público, por lo que pudimos ver, era fundamentalmente norteamericano. The Humanities Conference nos pareció al fin y al cabo la típica excusa para hacer turismo académico (del cual no estamos exentos), pero tercermundistas y latinoamericanos a fin de cuentas, tenemos muy por delante el precepto de tomarnos las cosas en serio, tal vez más de lo recomendable. Así, preparamos concienzudamente nuestra ponencia sobre la circulación en Cuba de obras del mundo socialista, traducidas al castellano en distintos momentos de la Revolución y con diferentes perspectivas y poéticas. Dos o tres semanas trabajando y consiguiéndonos libros para presentar esas nueve páginas que son un spin-off de la tesis doctoral de Damaris y que planeamos convertir en libro. Llegados ya a Granada, pero embobados desde un principio con la ruta del Quijote y luego con los paisajes andaluces, cruzamos la ciudad bajo el calor primaveral para llegar hasta el campus de la Facultad de Filología. Allí, con el programa en mano, descubrimos que nos tocaría compartir la mesa con una ponencia sobre las minorías étnicas en el discurso en torno a la mafia (sic) y otra sobre las disputas en torno a la historia de los inmigrantes mexicanos en el currículum escolar de Texas. Ante tamaño nivel de organización, nuestras expectativas se redujeron considerablemente, más aún cuando el primer ponente (pantalones cortos, una camisa que casi era una guayabera y una actitud que lo mismo podía ser la de un especialista en Dashiel Hammett o vendedor de ampolletas), una vez terminada la lectura de un paper que era cualquier cosa menos un paper, se escabulló silenciosamente por la puerta y ni siquiera tuvo la etiqueta para aguantarse treinte minutos más y escuchar a los que habíamos tenido la paciencia de escucharlo.

Pero Granada fue también muchísimo más. Fueron rincones de increíble belleza y de tapas hasta el hartazgo y de caminar hasta que los pies no dieran, de mil libros comprados por puro vicio y por ganas de compartir, fue conocer al poeta David Eloy Rodríguez (ojo con él) y nuestro primer recital de flamenco en vivo:

















De Granada, entonces, vía Torremolinos y Frigiliana, nos pasamos a Sevilla, donde conocimos a mi editor malagueño, Ferrán Fernández y, también, a quien tuvo la generosidad de publicar mi libro en Sevilla, Javier Sánchez Menéndez, el editor de Siltolá. Les debo mucho a ambos y, a través de ellos, a Chema Cumbreño, gestor de todo. Yo, que lamentablemente soy aficionado a los adjetivos, esta vez quiero ahorrármelos, porque palidecerían en esta ocasión para reflejar, aunque fuera someramente, lo vivido en esa ciudad. De los lugares que más o menos visita todo el mundo no hablaré, porque para eso están los paquetes turísticos que cada cual pueda o quiera armarse. La Catedral es una maravilla, pero no significa los mismo para ninguno de los que la visitan. A mí me recordó las de Salamanca y la de Puebla, esta última en México: así de imponentes y distantes, así de católico llega uno a sentirse. A la entrada de la de Sevilla hay un Zurbarán por el que los turistas pasan como por delante de la cara del Che, con orejas del ratón Mickey, estampada sobre una polera roja.

Puedo no obstante comentar que Ferrán y Javier son tipos singulares, quijotes clásicos y posmodernos que están echando toda la carne a la parrilla en una apuesta poética que recorre buena parte del panorama poético español de hoy y, con Luis Arturo Guichard y este servidor, empiezan a abrirse a Latinoamérica. Con Ferrán nos fuimos rumbo a la recientemente inaugurada plaza de las setas, cuartel general del 15M y dónde pudimos ver en vivo y en directo que la cobertura en general tendenciosa de la prensa española tiene muy poco que ver con lo que ha sido un movimiento de bases y auténticamente democrático, más allá de las críticas y objeciones que se le puedan hacer. Con Javier nos fuimos a cenar a uno de los que debe ser de los mejores restaurantes de la ciudad pero de cuyo nombre no me acuerdo; sí de la conversación, donde nuestro editor nos reiteró su amor incondicional a una pareja asaz dispareja como la que conforman Nicanor Parra Y Juan Ramón Jiménez, unión de los contrarios que finalmente ¿logran? su armonía.

En Sevilla vimos los primeros ejemplares de La casa de Trotsky, título que nos lleva de vuelta al comienzo de este post. Porque, como decía, no existen las coincidencias. Mi libro está dedicado a Ramón Mercader, "víctima y victimario", como digo en alguna parte. Victimario, porque es quien asesinó a León Trotsky, el gran enemigo del stalinismo. Pero víctima también, porque el verdadero inspirador de mi libro, a quien en realidad está dedicado es al personaje de Jorge Semprún, al protagonista de La segunda muerte de Ramón Mercader, un espía soviético que mira con perplejidad los ires y venires de una guerra fría de la cual no sin estupor forma parte. Por eso todo esto responde a un plan inconsciente y del que somos piezas y no ejecutores. Mi ejemplar de la novela de Semprún me la conseguí cuando tenía 16 o 17 años y no me la compré: se la pedí a un compañero de curso y vecino de ese universo de clase media que es La Florida, don Juan Carlos Oyarzún, ¿qué será de Juan Carlos Oyarzún? Me la conseguí pero no la leí sino hasta un par de años atrás, cuando estaba escribiendo La casa de Trotsky (que todavía no se llamaba así) y ya había visitado la casa de Oaxaca donde fuera atacado el antiguo comandante del Ejército Rojo y leyéndola supe que la dedicatoria no podía ser otra. No esperaba, sin embargo, que Semprún se fuese a morir mientras Javier Sánchez Menéndez me entregaba los primeros ejemplares del libro y una mezcla de alegría y estupefacción se mezclaban con el calor de Sevilla que nos había recibido con fervor e inclemencia.

Escribí, entre medio de los poemas de Alfabeto para nadie y La casa de Trotsky, una tesis doctoral sobre la novela policial en Chile, Argentina y Perú y su relación el discurso de la memoria post-traumática, i.e., la reconstrucción de la memoria en post-dictadura a través de los medios de que dispone la novela policial, sobre todo en su versión hard-boiled. Buceé latamente en los temas de la memoria y la representación de la misma, en las posibilidades del lenguaje, sobre todo el lenguaje literario, para dar cuenta de lo que se supone es irrepresentable (o lo que algunos suponen es así). Uno de los teóricos fundamentales en la investigación de la memoria colectiva es Maurice Halbwachs (1877-1945), a quien me tocó citar una y otra vez en la mencionada tesis. El 16 de Marzo de 1945, en el campo de concentración de Buchenwald, Maurice Halbwachs moría de disentería. Una de las últimas personas que estuvo con él, arrullándolo en los días previos a su muerte, fue un escritor que, al igual que el historiador francés, tuvo como uno de sus temas centrales a la memoria, aunque a diferencias del primero, la tuvo para hacer literatura de ella. Ese escritor era Jorge Semprún, que el 11 de Abril de 1945, sin que todavía se cumpliera un mes de la muerte de Halbwachs, vio cómo las fuerzas aliadas liberaban a los prisioneros de Buchenwald. Termino ahora con un poema de este libro recién publicado:


GOLPE DE ESTADO, PRONUNCIAMIENTO MILITAR, VERSIÓN LIBRE

(quidquid latine dictum sit altum viditur)




La cosecha de los granjeros murió debajo del agua.

Ha llovido como en un diluvio. Con la venta de la producción de

este año, algunos de ellos pensaban pagar el crédito renegociado

durante la última baja de intereses decretada por la reserva

federal. Pero ha llovido como en un diluvio. Otros tenían pensado

invertir en la compra de ciertos equipos para sacarle mayor

provecho a las semillas artificiales que hoy en día están disponibles

para algunas de las frutas de la estación. Las pérdidas



se calculan en varios cientos de millones de dólares, pero soy

incapaz de traducir esas cifras en un número que pueda calibrar.

Con varios cientos de millones de dólares se solucionaría el

problema habitacional de casi toda la ciudad de santiago.

Los canales de regadío podrían reconstruirse. Los profesores

obtendrían una remuneración acorde con todos los cursos

de perfeccionamiento en que se han inscrito para nada. Los

hospitales públicos, si tuvieran en sus manos esos varios

cientos de millones podrían mejorar la oferta de camas

durante los períodos más crudos de alerta ambiental

cuando muchos niños de escasos recursos son devueltos

a sus casas con una aspirina en la mano para enfrentar el virus sincicial.

Sin embargo la cosecha completa de los granjeros yace ahora

bajo el agua. En algún lugar, bajo toneladas de escombros y

desperdicios repartidos en kilómetros a la redonda producto del

último tornado. Dicen que tomará años volver a la normalidad.

Los equipos de rescate no tardaron tanto en llegar como en

creer lo que estaban viendo: no saldrían de su sorpresa



sino hasta después de que se convirtiera en comentario antiguo

el recuerdo de ese año fatídico de las inundaciones, cuando todos

tuvieron algo que perder y podían haber nombrado algo que no

volvió cuando años después volvió esa normalidad que desde

un principio nos advirtieron que llevaría años recuperarla



por completo. En los relatos bíblicos, una paloma fue la que

les permitió avizorar la costa, no una gaviota. Aquí, sin embargo,

no hay costas. Aquí sin embargo los cuervos son negros

y un halcón flamea en la bandera, los espantapájaros

continúan impertérritos su labor de vigilancia

no importa que hoy en día ya no exista el enemigo

y el maíz no sea un alimento, los guardianes del



mito son incapaces de ejercer otro oficio

que no haya sido debidamente estipulado

en los antiguos manuales de la retórica:



cualquier cosa en latín parecería

profunda y verdadera.


Wednesday, May 18, 2011

El arte de volar/También la lluvia




Acabo de ver y de leer dos textos/obras que merecen que uno hable in extenso de ellas. No sé por cuál empezar, sin embargo, ya que tengo la peregrina idea, seguramente equivocada, de que la importancia estética de una será directamente proporcional al impacto mediático y social de la otra. Y es que, aun cuando no creo estar comparando peras con manzanas, la novela gráfica de Antonio Altarriba -El arte de volar, dibujada por Kim- me ha parecido, así de buenas a primeras, una solidísima narración donde no sólo se complementan a la perfección los niveles narrativos del dibujo y el libreto, de la imagen y la palabra (son, de hecho, indistinguibles), sino que no se cede nunca a ningún sentimentalismo de segunda mano, a ninguna solución narrativa en que se pretendan conciliar los conflictos que se presentan, sino que estos se asumen en toda la gama de sus contradicciones. Sabemos, desde un principio, que se trata de la historia del padre de Altarriba, historia que termina en el suicidio del protagonista, a los noventa años. Cuento esto porque no estoy contando el final de la historia, porque el final, en sí mismo, no importa: por el contrario, es la historia de las derrotas de ese otro Antonio Altarriba lo que nos dará un retrato no tan amable de la España del siglo XX, cruzada por dictaduras y guerras civiles que si bien pueden haberse convertido hoy en un género literario y cinematográfico más, no por eso pueden ocultar las heridas de un pasado indisociable del presente de esa nación. Fino retrato de una prolongada lealtad, El arte de volar también es la historia de un padre que es su hijo, de todo aquello que resultó del largo parto de la España de hoy. Esa donde los índices de femicidios son altísimos, la cesantía es un problema en apariencia insoluble, la modernidad pareciera una obligación y los triunfos deportivos son un sedante que funciona lo que dura un fin de semana.
No deja de ser llamativo, entonces, que Iciar Bollaín, la directora de También la lluvia, película española recién estrenada y que cuenta entre sus protagonistas a Gael García Bernal, Luis Tosar, Juan Carlos Aduviri y Karra Elejalde, sea quien firma asimismo otra película que en Chile tuvo cierto eco, como fue Te doy mis ojos, donde un matrimonio transita por la vía de la sumisión y la violencia, en un diálogo de sordos donde el castigador recurre a la archiconocida perorata de saber lo que quiere su víctima, saberlo incluso mejor que ella y de buscar siempre el interés de esta última. No deja de ser llamativo, decía, porque si en esta última película la realidad española podía trasvasijarse sin problemas, en apariencia, a la realidad chilena, extraña entonces (aunque en realidad no nos extrañe) que esta visita a la realidad latinoamericana asuma un tono tan condescendiente con su objeto representado.

No quiero discutir la fidelidad del retrato; sí la lógica del guión y del resultado final que presenta Bollaín. En También la lluvia el conflicto se centra en la filmación de una película sobre la llegada de Colón a América y la consiguiente explotación de los indígenas. El genocidio perpetrado en aquella por los representantes de la corona, encuentra,
sin embargo, su equivalente contemporáneo en la permanente lucha que los pueblos de Latinoamérica deben enfrentar hoy para satisfacer sus necesidades mínimas. En También la lluvia hay un pequeño truco narrativo: aunque Colón en su primera expedición llega al Caribe, el productor del filme (interpretado por Luis Tosar) propone y logra que la locación sea en Bolivia, con tal de ahorrarse unos miles de dólares. Nadie lo notará, se justifica, pasando por alto las objeciones que el director del filme (Gael García Bernal), le hace sobre la diferencia en los rasgos de los indígenas altiplánicos y los caribeños. Son todos lo mismo, es la frase con que Costa, el productor, le pone paños fríos al asunto. Pero ocurre que en Bolivia, más específicamente en La Paz y sus alrededores, que es donde se está filmando la película sobre el primer contacto entre españoles y aborígenes americanos, hay también otro conflicto, un conflicto que es absolutamente contingente y que nos atañe a todos, a sangre y fuego, el día de hoy: los derechos de agua,el control de la energía. En la capital boliviana donde se está filmando esa película sobre la llegada de Colón a América, también se han desatado manifestaciones y protestas públicas porque las autoridades le han concedido los derechos de agua a un consorcio español y, por tanto, los paceños no pueden ni siquiera colectar el agua lluvia en su propio beneficio. Incluso los actores que participan en las filmaciones son también protagonistas en la lucha cotidiana por el agua. Este rol doble nos permite seguir el paralelismo que nos plantea Bollaín: del colonialismo hemos pasado al neocolonialismo, las flébiles democracias no cumplen un rol social, en quinientos años poco y nada ha cambiado. Hasta ahí, pese a los matices que no deberíamos dejar de lado, aun así la película funciona. Hasta ahí los personajes son verosímiles de acuerdo a la manera en que se nos presentan. Los malos no son tan malos ni los buenos son tan nobles: las disputas entre los distintos bandos responden a motivaciones creíbles dentro del contexto de la filmación misma de También la lluvia y de la película que están filmando en la trama, una puesta en abismo que tampoco, creo, como señalaremos más adelante, está debidamente desarrollada.
Es el final, entre otras cosas, lo que nos parece discutible. Es esa reconciliación simbólica de los contrarios lo que ofrece una salida barata, rápida y hechiza. Por si acaso, la solución estética de los conflictos sociales irresolutos de los que habla Jameson en The political unconscious no significa "abuenarlos", no busca trampear la trama con un as debajo de la manga.



Bollaín, sin embargo, junto a su guionista, no parecieran haber encontrado nada mejor que reconvertir y/o transmutar al personaje de Luis Tosar (Costa, el productor) de inescrupuloso personaje dedicado al lucro cinematográfico vía una película políticamente correcta, en un defensor de la causa del agua, en un héroe de estos tiempos supuestamente sin ideologías que del día a la noche le nació cual una ibérica Rigoberta Menchú la conciencia: de este modo, al ver como el protagonista de su película está dispuesto a sacrificar la vida por sus convicciones, Costa termina cruzando las líneas que dividen a policías y manifestantes con tal de ayudar a esos indígenas que siempre necesitarán de la ayuda de un culto y español europeo en el momento justo. Así los indígenas bolivianos se darán cuenta que Costa y los españoles algo han aprendido después de quinientos años y que terminar la bendita película sobre Colón y Bartolomé de las Casas para pasearla y pasearse por los múltiples festivales que se dedican a premiar las buenas intenciones de los cineastas no es lo único que le interesa. Así a fin de cuentas somos todos buenos: los indígenas por descontado (claro, aquí cualquiera de piel más o menos oscura tiene que ser bueno), pero también los españoles que al echarles una mano a los necesitados, dejan por arte de magia de representar a esas transnacionales que han vuelto a comprar parte de Latinoamérica: no menciono el caso de Chile porque las obviedades sobran.

Hubo un momento en la película en que había -creo- una alternativa interesante: cuando el equipo de filmación se topa con la primera de las protestas por el agua (y ven que el actor principal de su película es también uno de los dirigentes del movimiento), una integrante de la crew empezó a filmar, así como de pasada, a los manifestantes y al protagonista de la película. Hace tomas de la represión policial y de los lugares que habitan los paceños y los del Alto, un barrio emblemático de la capital boliviana. Cuando ella se da cuenta de que ahí hay material como para seguir filmando en paralelo a la película sobre Colón, se entusiasma y se lo dice a Costa: pero este rápidamente le pide que lo deje, que no están allí para hacer documentales. Es más o menos evidente que en este punto el guión quiere subrayar la contradicción, si es que existiera, entre ficción e historia, entre relato y verdad,oposición que se sugiere, pero en ningún caso se desarrolla. Queda ahí, como una senda que la directora no quiso o no pudo explorar. Lamentable, en cualquier caso, porque el camino plagado de buenas intenciones que condujo a esta película al infierno de la condescendencia podría haber tomado el camino de la entrecomillada "verdad" documental que, tal vez, a través de su pretendida objetividad, podría habernos quizás acercado de otro modo a una realidad que aun cuando es independiente del discurso a través del que es representada, necesita del mismo en la medida en que aquel la articula como lenguaje.

Los defectos de También la lluvia son las virtudes de El arte de volar. La humilde historia de ese viejo anarquista y tozudo que decide por última vez llevar la contra, cuando hoy en día pareciera que todos se preocupan sólo de dar el amén, incluso aquellos que quieren dárselas de rebeldes, sobresale en su apego a una historia que no por ser particular e intimista, deja de resonar en los momentos más álgidos de un país como España que no parece tener tan claro lo que quiere (el PP ganó las elecciones mientras un movimiento colectivo y horizontal está tomándose las plazas de ese país), a la vez que la película de Iciar Bollaín nos vuelve a poner frente a frente con aquello que los chilenos hemos estado arduamente debatiendo en estas últimas semanas: un país donde las decisiones las toman los ciudadanos o aquellos que dicen representar a los ciudadanos.

Sunday, May 08, 2011

Jorge Frisancho (Inéditos y más)


Continuando con la serie de los poemas inéditos lanzados al universo y el ciberespacio desde esta plataforma exclusiva (nunca está demás tener sueños de grandeza), esta vez contamos con una serie de poemas que Jorge Frisancho (Madrid, 1967) nos facilitara recientemente. Hay que aclarar, sin embargo, dos cosas: Frisancho es un poeta peruano, aunque viva hace años en Chicago y haya nacido en España. Lo otro es que esta serie está concebido como un solo poema, como una unidad en su composición y su lectura. Jorge es el autor de tres libros de poesía, a saber: Reino de la Necesidad (Lima, AsaltoAlCielo, 1988), Estudios sobre un cuerpo (Lima, Colmillo Blanco, 1991) y Desequilibrios (Lima, Fondo Editorial de la PUCP, 2004). Sus textos han sido incluidos en una larga lista de antologías de poesía peruana y latinoamericana, entre las cuales me precio que se encuentre Malditos latinos, malditos sudacas. Otros poemas suyos pueden encontrarse aquí. Que disfruten.





“Aquí termina una manera de mirar”

Para Rodrigo Quijano

Si te dijera “aquí termina una manera de mirar”, habrías de responderme

con sutiles alabanzas de lo oscuro, en tono muy menor, quizás al modo

de nuestras más antiguas conversaciones; sería entonces fácil recordar, hermano,

la innegociable razón de la distancia en que te hallo, la forma de nuestra desavenencia y nuestro desarraigo,

y poblarla con palabras que se justifiquen, a pesar de su terquedad,

por un profundo caudal de silencios y de negativas, y volver sobre la conjetura de sus pasos

a un lugar que permanece sin nombre, pero arde

con el inútil furor del fuego en que se originara, tantos años atrás,

el laberinto de nuestra melancolía.


Pero es que el ojo reclama su momento de ceguera, y el tiempo ya ha dejado de sanar

la hipotética herida del viaje. Es verdad: para saber debo acercarme más

a aquello que ahora mismo queda a mis espaldas, aquello que abandono en el acto de partir

y estar de vuelta. Díme, ¿Cuántas imágenes habrá que te repitan lo mismo hasta anegarse? ¿Cuántos modos habrá de poseer la ausencia

y no dejar que nos arañe, con el cúmulo de sus equivocaciones, el obsceno epitelio que nos separa del mundo?


Bajo mis ojos enfermos la ciudad respira, plagada de significados y rencores, alta habitación del artificio y la pus

y la pueblas —homúnculo en la herida— con inhóspita elocuencia: es que eres de esos que aún estando lejos

lo dicen todo con una sílaba artera, con un súbito ladrido en la garganta,

y te abres a la madrugada como un fruto de pieles permutables, con el viento entre las manos

y el corazón entumido, vegentante, en la ribera equivocada del río de las emociones

que regresan para consolarme a lengüetazos

de hedores urinarios en ácidas letrinas, en esquinas inútiles, en veredas cuyos nombres estoy a punto ya jamás de recordar.


(Cada vez más lejos de la tierra de nadie, cada vez más cerca

del oblicuo pálpito del mundo en el espejo

del idioma en el que nos hablamos, desasidos

de esta música indolente en los alrededores

de una nueva mañana, o quizás la misma, hecha

de armónicos oscuros y de medianías, voces

animales que sostienen sus aullidos en el aire

irrespirable de la celda de su soledad, donde se miran

estos ojos que somos con indiferencia:

híbrida cerrazón la de los párpados que yerran

al margen de las imaginarias sensaciones,

como si la distancia les bastara para nombrar

el sitio en el que sobrevive la memoria de su comunión).


Bajo los ojos enfermos, sí, la ciudad respira

su falsa furia límite en los muñones de un amanecer contemplativo.

Como cuerpos que se desangran ante tanta posibilidad

y tanta desesperanza, hemos dejado caer sobre el infernáculo de la palabra

los restos de un lugar que se transforma en el momento en que lo miras:

todo el tiempo del mundo sucede en tus pupilas, toda la inmensa lejanía de las cosas,

hecha de sonidos puros en el artilugio de la claridad.


Hijos de madres imprecisas como océanos, imprecisas

como una marejada contra el lecho en el que duermen

todos los fantasmas de la memoria, nos hablamos a ciegas

—en idiomas perfectos, pero ajenos—

acerca del estar, del haber sido: el ácido que tienta la retina.

Ausente lo real, lo que nos queda

es apenas el misterio de la permanencia.


Pero es imposible dorar esta píldora: arcanos que se precipitan

en los vagos abisales de la piel, innecesariamente,

y nos deslumbran con su polivalencia, y nos plegamos

al súbito murmullo de las masas, bajo fuego

en una galería de espejos ululantes, cuerpos

empeñados en el viaje, cuerpos

que respiran por la herida o por la cicatriz

y dejan repentinamente de mentir.


Lo que miente es el iris, el hálito, el cúmulo de tantas experiencias

en el desorden de un mundo que ya no nos contiene

ni nos posibilita, abandonados como estamos al rumor de sus hipótesis, su música

opípara en el cenit, y expandida, como un epitafio: desmenuza los retazos

del pasado que fue nuestro, aunque sólo a destiempo, y los predica

en el espacio tangible de su pronunciación, porque se han ido

en su doble ceguera los kõanes, y nos siguen los pasos sin mesura

a contrapelo del tiempo sus sutiles aporías, su pérdida, en el arco que traza tras hartarse de lo material.


Bajo tus ojos enfermos, sí, la ciudad respira, inexistente en el imaginario

y tan ardua por el hambre que la habita, con ocasos incisivos en el litoral

y grisáceos vertederos contra la rompiente, residuos de su disolución

a la altura de tantas yugulares semiadormecidas, con pálpitos que anuncian hecatombes

en la suma de su amanecer, y un ácido sabor de clorhidrato en la garganta

de quienes arriban, ya lejanos, al punto en el que deja de significar: como un pez

que nada hacia la hoguera, como un hijo que calcula la caída, palpas

la ruina de su nombre y te desdices, los párpados cerrados,

en el reflejo del fuego de la hoguera sobre el bisturí.


Lo que nos queda es el misterio de la permanencia.

“El olvido es lo que menos dura para siempre”, te digo,

contra la piel que fuga y arde bajo la resolana

de los ensimismados arrecifes en los que se desencuentra

este estar incalculable de la travesía y el retorno, sus hemisferios impunes,

el itinerario de su soledad. En los tristes pedazos del desierto que te ofrezco

como hipótesis de trabajo, lo que cesa es la razón de nuestro desprendimiento, y lo que se contempla

es su sombra, pero no su experiencia, y lo que se perpetúa

es la paradoja de su singularidad, que es nuestra.