
Damaris Puñales Alpízar me honró para mi cumpleaños con una invitación para ir a escuchar a la Cleveland Orchestra, si no una de las mejores del mundo, por lo menos una de las más requeridas. Imposible mejor, ya que cuentan con la dirección de Franz Welser-Möst y el programa, que incluía el Concerto para Violín de Brahms, entre otros, se veía apetitoso. Severance Hall, la sala donde toca la orquesta, es un edificio de 1931 encomendado por John Wilkins Severance, uno de los multimillonarios que habitaban esta ciudad y cuya filantropía (permítanme la palabra, aun cuando se trate de un multimillonario) dotó al noreste de Ohio de un recinto donde se mezcla la arquitectura de vanguardia, el Egyptian Revival y el Art Noveau, para concretar un edificio que a todas luces es una joya de la arquitectura norteamericana. No sé si dije también que Cleveland es una ciudad donde la población afroamericana es alrededor del 51-53%, según diversas fuentes. Hasta ahí todo bien. La velada pasó sin mayores sobresaltos, pero con la evidente sensación de que la orquesta estaba a la altura del repertorio y éste a la del edificio. En el intermedio fuimos a tomarnos un café y a mezclarnos con el resto del público, a entretener la vista con la cabinas telefónicas que parecían indispensables allá por la tercera década del siglo XX y con los visos de esa arquitectura que -hace ochenta años- gozó de su minuto vanguardista. Tal vez no haya sido casual que Brahms estuviera entre los elegidos de esa noche, él que a los ojos de Wagner y de Liszt no era sino una rémora del clasicismo, alguien que no había sabido interpretar su siglo.
Una vez finalizada la interpretación, no pudimos dejar de notar que, debido a nuestra presencia, el promedio de edad de la concurrencia bajaría a unos 65 años. Bastones, muletas, audífonos y muchas canas abundaban entre los asistentes. Esta es una observación meramente anecdótica, que nos llevó a la siguiente: todos eran blancos. Lo que también podría ser meramente anecdótico, pero si lo comparamos con el dato de la composición racial de la ciudad, apuntado algunas líneas más arriba, ya no es tan simple el tema. No había un solo afroamericano en toda la sala. Ninguno.
La discriminación racial, que siempre es discriminación económica, en Cleveland es groseramente notoria, probablemente, aunque no me atrevería a hacer una afirmación de tan grueso calibre, mucho más notoria que en otras ciudades del Rust Belt, ese conjunto de ciudades americanas cuyas economías se basaban en el trabajo con materias primas -fundamentalmente acero- que a partir de la década del '80 han visto decaer tanto su población como su solvencia, producto del desplazamiento de las grandes industrias ya sea al sur del país o al exterior, en ambos casos gracias a la mano de obra más barata de esas zonas y el desarrollo de tecnologías que convirtieron a un buen número de obreros en "prescindibles". Entre estas ciudades que vieron su esplendor con las grandes obras de ingeniería del siglo XX, se cuentan Buffalo, Detroit, Youngstown, Pittsburgh, St. Louis, Gary, Cincinatti y, por supuesto, Cleveland.
Basta con darse una vuelta por algunos lugares, llamémoslos así, emblemáticos. Ir, por ejemplo, a CostCo, Wal-Mart, incluso en Target. La distribución racial, en estos casos, es inversamente proporcional. Pocos, muy pocos blancos. Y los que se ven pertenecen a esa raza orgullosa, republicana y patriótica como son los White Trash, o Trailer Trash, variantes de nuestros tan queridos Rednecks, parte inextricable del paisaje del Medioeste, incluso de un Medioeste semi-industrial como es o fue Cleveland.
Exagero, por supuesto, pero tampoco es una fotografía tan alejada de la realidad. Quien haya visto Winter's Bone ("Lazos de sangre") puede traducir esa realidad de meta-anfetaminas, abandono y pobreza, a un ambiente urbano para saber de lo que estoy hablando. El panorama en Walmart suele ser impresionante: esa gordura sin retorno de las negras, por ejemplo, acompañada de hombres, jóvenes o adultos, con una media en la cabeza como distintivo y los pantalones por supuesto mucho más abajo de la cintura, bordeando ojalá la rodilla, en un estudiado intento por reproducir el gangsta look. A veces, no pocas, si un afroamericano no sigue esta norma, si deja de lado el atuendo medio rapero y se le ocurre, por ejemplo, usar una camisa, para qué hablar de una chaqueta, se le acusará de estar acting white: cuando los muchachos negros de la secundaria deciden sobresalir en sus notas, reciben, ocasionalmente de sus mismos compañeros de raza, la misma acusación. Pasarse al otro lado, jugar con las reglas del sistema. Para quienes esgrimen este argumento, el ghetto, la pobreza y la autoexclusión es la triste y mal entendida herencia de Malcolm X y la nación musulmana, cuando la única solución que, para algunos, parecía posible, era simplemente tener dos naciones bajo un mismo estado. La segregación como forma de lucha. Eso para no hablar del racismo proveniente del sistema, ese racismo heredado que habla de un glass ceiling, ese techo invisible que nos indica que estadísticamente la población de raza negra es más que la de origen europeo, o por ejemplo, que las cárceles están pobladas de afromericanos en una proporción enormemente dispar respecto de sus pares blancos.
No he querido, en ningún caso, caricaturizar a una de las minorías históricamente más explotadas de EE.UU. Sólo hacer una radiografía de la realidad con la que me topo a diario. Hace poco fuimos a otro concierto, esta vez del mismísimo Chucho Valdés, en el auditorio del Museo de Arte Contemporáneo de Cleveland. Una doctora cubana, amiga de Puñales-Alpízar, era la única persona que esa noche compartía el componente racial del afamado pianista isleño.




















